jueves, 20 de mayo de 2021

Agradecida nostalgia

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Maylín ya podía oler la primavera.

Maylí ocupaba un buen puesto en aquella entidad bancaria, pero autolimitaba su promoción laboral ante el hecho de mantener un horario que le permitiese conciliar su trabajo con su libertad personal, y aunque no tenía familia no quería restar tiempo a disfrutar de sus aficiones o sus amistades, en suma a vivir.

Uno de esos pequeños grandes placeres era el que se proporcionaba cuando llegaba el buen tiempo. Entonces, al salir del trabajo gustaba de gozar de un sosegado paseo hasta aquel recoleto parque, y sentarse en un lugar discreto, siempre con un libro entre sus manos. Allí disfrutaba de la caricia de los últimos rayos de sol del día, y de la suave brisa que era como una caricia mantenida en suspensión, al tiempo que se dejaba escuchar en su paso entre las ramas de los árboles, sonido matizado por el vuelo y el piar de algunos pajarillos y por el murmullo lejano de los gritos infantiles en sus juegos.

Todo eso y el olor de la hierba del césped recién segado se transformaba en una múltiple sinestesia que Maylín identificaba con la primavera. Cuando esto sucedía se sentía embargada por un agradecimiento a esa vida que podía disfrutar.

En esos momentos dejaba su vista dirigirse hacia aquellos niños que jugaban, alegres y gritones, y hacia los grupos de madres, que charlaban mientras los vigilaban. Esa agradecida nostalgia le traía el recuerdo de su propia madre, la que le había dado tal vida.

Dejaba el libro a un lado y permitía que todos esos sentimientos la inundase.

Entonces ocurrió. 

El grito resonó como el restallido de un látigo que Maylín sintió incrustarse en su propia piel.

  • ¡Te odio!

La niña, de unos cinco años, rubia, rizosa, vestida con el uniforme de un colegio de las proximidades, pataleaba y gesticulaba frente a la que presumiblemente sería su madre, en medio de una rabieta de chiquilla consentida.

Maylín sintió rebrotar en su memoria aquel recuerdo, el único capaz de hacer que su agradecida nostalgia saltase por los aires hecha añicos.

Ella también se lo había dicho a su madre hace muchos años, allá en su país, cuando le había negado la compra de una serie de chucherías, también a la salida del colegio.

En aquella ocasión su madre la atrajo suavemente hacia si en un abrazo del que aún conservaba el calor, y como si estuviera rezando y no hablando con ella, murmuró: “Hijita, tú aún no podés entender, pero necesitamos la poquita plata que nos alcanza para otras cosas más básicas. Pero yo te prometo, he de conseguir que llegue el día que te puedas comprar lo que se te antoje”.

La retuvo entre sus brazos hasta que su ira se fue consumiendo, y las silenciosas lágrimas que se le escaparon fueron de una mezcla de comprensión, cariño, agradecimiento y seguridad en su madre.

También recordó a su padre. Su ausencia. Eso allá en su país le parecía casi normal, pues les ocurría a la mayoría de los niños, pero fue al llegar a este país cuando se le hizo más extraño, produciéndole una especie de vacío de vergüenza.

Lo más doloroso era cuando, tras varios días de ausencia, volvía licorado, dando voces. Entonces ya sabía que tenía que esconderse en la esquina más oscura de la modesta casa, sin hacer ningún ruido, mientras su madre soportaba los golpes en silencio, hasta que él se volvía a marchar. Entonces su madre corría a abrazarla, y le decía: “No te preocupés, hijita, todo está bien. Lo importante es que tú siempre estudies y puedas labrarte un porvenir”.

También recordaba la noche en la que mientras dormía, su mamá se le acercó a su cama, y muy bajito le susurró: “Vámonos, hijita. No hagas ruido”. Se levantó, sintió como su madre la cogía con una mano, y con la otra una pequeña maleta y sin mirar atrás dejaron la casa para introducirse en la noche. Caminaron un buen rato hasta que divisaron las luces de una pickup en cuya trasera había un grupo numeroso de personas. Recordaba su sorpresa al ver que llegaban al aeropuerto y después cuando subieron a aquel avión que les trajo hasta acá.

También recordaba como al llegar solo conocían a su tía María Luisa, en cuya pequeña casa vivieron compartiendo una habitación. Su madre estaba prácticamente todo el día afuera , trabajando horas y horas, limpiando y planchando en casas ajenas.Al llegar, mientras su cara reflejaba un profundo cansancio, le preguntaba: “¿Qué tal te fue en el colegio?. ¿Hiciste todas la tareas?. Recuerda que lo importante es que tú siempre estudies y puedas labrarte un porvenir”. Ella le contestaba: “Sí, mama. Te quiero”, y le daba un beso con la mayor ternura de que era capaz y que iba aumentando con los años, a medida que iba comprendiendo el significado de su actitud.

Por fin llegó el gran día. Tras muchos años de sacrificios y esfuerzos, recibiría una doble licenciatura en Economía y Derecho. Su madre la acompañaba orgullosa, y al acabar el acto volvió a abrazarla con aquella ternura que solo ella era capaz de transmitirle y le susurró: “El día de hoy justifica toda mi vida”.

Durante el tiempo de su licenciatura Maylín, viendo el ejemplo de su madre, supo compaginar el estudio con el trabajo en algunas tareas más o menos eventuales, lo que le permitiría inscribirse a continuación un renombrado master de investigación e inversiones financieras, al tiempo que ayudar a su madre a compartir los gastos de su espartana existencia y hacerle algunos modestísimos pero muy simbólicos regalos.

Cuando por fin Maylín terminó el master le fue fácil encontrar trabajo en la entidad bancaria en la que aún hoy trabajaba, donde su seriedad y eficacia le permitieron ir ascendiendo hasta el puesto que en la actualidad ocupaba. Al mismo tiempo, su cercanía y humanidad con los clientes la hacían muy estimada por estos y la dirección, con lo que le permitían de buen grado mantener ese horario conciliador de trabajo, algo que no era nada frecuente en el sector. Todo ello hacía que ahora sí la situación de madre e hija fuera desahogada y pudieran disfrutar de su cariño mutuo.

Pero ya sabemos que la vida no suele ser complaciente con los modestos. No había pasado mucho tiempo cuando su madre comenzó a padecer unos extraños dolores abdominales. Maylín la acompaño al médico quien, tras unos rápidos exámenes ecográficos, con toda la suavidad de que fue capaz les transmitió el funesto diagnóstico, cáncer de páncreas.

Maylín sintió que todo se derrumbaba en su interior, y caía en el más profundo agujero negro sin esperanza de poder salir jamás.

Cuando llegaron a casa su madre la abrazó con aquella ternura con que la abrazaba en los momentos trascendentes, con la suavidad y entereza que solo ella era capaz de transmitirle, y mirándola a los ojos le dijo:

  • No te apenes, mi hijita. Yo ya voy siendo mayor, y tarde o temprano ha de llegar el momento del gran paso. No importan unos pocos años más o menos, lo que importa es el fruto que de ellos hayas obtenido. Y mi fruto eres tú. Verte como te veo hoy, con tus estudios y tu trabajo, y siendo tan buena hija como eres justifica plenamente mi vida. Lo único que ahora te pido es que trates de ser feliz, y que me recuerdes sabiendo que cada momento que disfrutes, yo estaré a tu lado haciéndolo también. Además ya sabes que el amable doctor me prometió que el tránsito sería corto y no pasaría dolor, y estoy seguro que cumplirá su promesa.

Y así fue. En los pocos meses que duró su enfermedad, Maylín no se separó un solo instante de su madre, procurando transmitirle todo su cariño y hacerle cada hora lo más agradable posible. El doctor pudo cumplir su promesa y una suave y humana sedación facilitó el tránsito de la madre a su último destino.

Y siguiendo sus enseñazas, cuyo recuerdo no se apartó de ella ni un instante, pasado el primer dolor de la pérdida Maylín aprendió a sentir aquella agradecida nostalgia que fue la gran herencia que recibió.

Al tiempo que pensaba todo esto Maylín sintió que le gustaría acercarse a la enrabiada niña y decirle que le diera un beso a su madre y se pusiera a jugar con ella, disfrutando del gran regalo que la vida le hacía teniéndola cada día cerca de sí.

Estaba segura que su madre sonreía.

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El oráculo

Si en el pueblo nos hubiesen pedido a cada uno que nombrásemos alguien que caracterizase el estoicismo del castellano viejo estoy seguro que la inmensa mayoría, por no decir todo el mundo, señalaríamos a Eugenio.

Era este varón de porte sereno, ojos claros, mirada profunda, larga y limpia. Su tez morena señalaba su vida al aire libre, y sus arrugas una vida intensamente vivida.

Tenía costumbres muy constantes, por lo que según la altura del sol (él no usaba reloj ni teléfono móvil ni ningún otro tipo de artilugio moderno) todos podíamos saber con bastante aproximación donde encontrarlo. Al comienzo de la mañana, cuando aún se disfrutaba la brisa del nuevo día y el sol no sofocaba, se le podía ver, ataviado con su viejo sombrero, caminando en dirección al pueblo vecino. Como la distancia de ida y vuelta no era suficiente para cubrir la hora diaria establecida para su paseo (desde que había tenido el acierto de abandonar el tabaco, mostraba un paso ágil y sin la más mínima fatiga), se daba el capricho de completarlo volviendo por la estación de tren, y recorriendo tres veces (ni una más ni una menos) su andén.

Después, tras un frugal desayuno ya en su casa, realizaba las tareas más elementales de la misma, y preparaba lo que horas después sería su almuerzo. Desde que murió su esposa vivía solo, y únicamente permitía que una vez por semana Herminia acudiese a realizar una limpieza más a fondo, que mantenía el debido decoro de su hogar.

El resto de la mañana se la pasaba leyendo y rellenando una de las innumerables libretas en las que volcaba sus observaciones y pensamientos.

Cuando el sol alcanzaba a salir por encima del campanario de la iglesia y apoderarse de todo el territorio de la plaza, en una de cuyas esquinas tenía su vivienda, Eugenio sabía que era la hora de acudir al bar-tienda de Ramón, a encontrarse con sus viejos amigos, y en torno a un vaso de vino y alguna tapa de embutido de la tierra, con tono siempre apacible y sosegado comentar la actualidad, sus recuerdos u ocurrencias. También era en casa de Ramón donde se proveía de todo lo necesaria para su subsistencia.

Pasados esos agradables momentos, regreso a casa, almuerzo, breve siesta y vuelta la lectura y escritura, hasta que cuando el sol comenzaba su retirada, repetía idéntico paseo y posteriormente la misma visita a casa de Ramón. La única variación consistía en que en estas ocasiones la conversación giraba en torno a una emocionante partida de dominó, en la que los perdedores, en buena y pacífica lid, abonaban el coste del vino y los embutidos.

A partir de ahí comenzaban para Eugenio los momentos más difíciles del día. Al llegar a su casa ya de anochecida y encontrarla vacía, se le caía encima. Trataba de conciliar el sueño pero siempre aparecían los fantasmas del pasado y los recuerdos de su mujer le generaban una nostalgia que le mordía el alma. Nadie en el pueblo podía recordar un solo día en que no se les viese juntos. 

No se sabía si Eugenio tenía más familia. Ningún forastero había acudido a su entierro. Al poco tiempo de este acontecimiento había viajado a la capital, pero regresaría a los muy pocos días. Nunca más abandonaría el pueblo, y ni mencionaría semejantes temas.

El pueblo se lo respetaba. Era muy querido. Persona afable, de carácter sereno, y conciliador, e incluso alegre, desinteresado, de honradez acrisolada, gran conocedor de la naturaleza y del alma humana, era la primera persona que ayudaba a todo el mundo y a quien todos recurrían antes de tomar decisiones.

-Eugenio, ¿crees que mis cereales ya están aptos para la recolección? – le preguntaba uno.

-Eugenio, ¿podré comenzar a vendimiar? – inquiría otro.

Y él, con ponderación y cercanas explicaciones iba aconsejando a todo el mundo, acertando habitualmente, lo que hacía que gozase del respeto general.

-Eres nuestro oráculo – le decían alguna vez durante la partida vespertina.

-Bueno, bueno, dejaros de tonterías y concentraros en el juego, que eso sí que es importante – contestaba con modestia y sin alterar el gesto ni levantar los ojos de las fichas.

Una tarde, en tiempos en que todos andaban revueltos por la proximidad de unas elecciones en la que los candidatos se excedían en sus soflamas, creando un ambiente de preocupante crispación generalizada, uno de sus más cercanos amigos le espetó:

-Eugenio, la cosa está que arde, y todo parece confuso. ¿Cual crees tú que sería el voto que más beneficiase a nuestro pueblo?

-Mira, Andrés, me conoces y sabes que no tengo reparo en hablar de nada, ni de cosechas ni de predicciones del tiempo, e incluso de fútbol, pero de lo único que nunca quiero hablar es de penurias, ni de las físicas ni de las sicológicas, y bástate con mi lema: el juego es lo importante. La vida es juego, donde unas veces se gana y otras se pierde, así que atento, que si no, nos va a tocar pagar.

Y siguió jugando con la misma inalterable parsimonia con la que el día sigue a la noche.


lunes, 10 de mayo de 2021

Parada discrecional: Tordesillas.

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Hoy en día (al menos el hoy anterior al coronavirus) todo tiene que ser rápido. Los objetivos han de conseguirse rápido, mejor de inmediato, y por supuesto gratis y sin esfuerzo.

Si de viajes se trata, el asunto es llegar rápido al destino, si se trata de turismo, ver, si se trata de negocios, gestionar, todo ello rápido y volver.

Nada de esas zarandajas de se hace camino al andar, viajes a Ítaca, disfrutar del paisaje o demás. Rápido, rápido, rápido.

Ayer, cuando las enfermedades tenía convalecencia (tendrá el virus que recordárnoslo?), se viajaba en coches de línea que transitaban por caminos locales, entrando en todos los pueblos del trayecto, y había en estos unos puntos, las paradas discrecionales, donde los autobuses se detenían si así lo indicaban los pasajeros, y se esperaba por otros viajeros, constituyendo todos ellos una amistosa comunidad.

Pues propongo para el mañana retornar a esas paradas discrecionales. Nada nos cuesta, sea el que sea el objeto del viaje, programar un retorno más sosegado, parando a disfrutar de las bellezas que nos brinde alguna estación intermedia, gastronomía incluida.

Yo lo hice hoy en Tordesillas, localidad castellana que ostenta el título de “Muy ilustre, antigua, coronada, leal y nobilísima villa”. 

Muchos momentos transcendentes para nuestra historia tuvieron lugar en ella, lo que le haría merecedora de una visita más prolongada, pero mi modesto objetivo me sirvió para recordar su famoso Tratado, recordar la trágica estancia de Juana I de Castilla, y su participación en el Levantamiento de los Comuneros , y sobre todo, disfrutar de la contemplación de la belleza que encierra el Real Monasterio de Santa Clara, uno de los mejores ejemplares mudares de Castilla y León, con sus aportaciones posteriores.

Mucho más tiempo que tuviera me permitiría contemplar otras numerosas maravillas que encierra la villa, y tener más motivos para la reflexión, pero como alto en el camino que sosiega fue suficiente. Creo que será algo que practicaré en el poco futuro que me pueda quedar, y trataré de convertirlo en costumbre. 

Os lo recomiendo.

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jueves, 6 de mayo de 2021

Ciudades

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El viajero estaba cada vez más aturdido. Quería marcharse de ese sitio, ¡tenía! que marcharse de ese sitio. No podía soportar la ciudad, su casa, sus gentes. Todo se le caía encima como una pesadísima losa que lo hundía, que le impedía respirar. Ese silencio plomizo era insoportable. La fina lluvia le calaba todo su ser oxidándole el alma.

Y ahí estaba, con la maleta ya preparada a la puerta del recibidor, ante la pantalla en blanco del ordenador, incapaz de decidir cual quería que fuese su destino. Ese era el motivo de su zozobra, de su creciente aturdimiento. Necesitaba encontrar un sitio donde las gentes no lo conocieran, donde pudiera sentirse libre, al tiempo que disfrutar del lugar y sus contenidos.

Repasando una de sus múltiples agendas de viaje encontró algo que había escrito tiempo atrás, de clara reminiscencia casablanquianaHay ciudades que uno lleva en la cabeza, y otras que uno lleva en el corazónAl final siempre nos quedará C.

Efectivamente, la primera intención había sido volver a C. Allí podía disfrutar de bellos museos tanto clásicos como contemporáneos, con brillantes artistas poco conocidos en estas latitudes, de palacios con historia, de modernos edificios, de amplios parques, del mar, de paseos por su zona antigua, por el puerto con sus pintorescos edificios.

Definitivamente C. era una ciudad que le gustaba, que lo había hecho feliz y donde había disfrutado mucho. Siempre la tenía como referencia. Pero precisamente en eso radicaba la dificultad. Su sabio amigo Antonio le había recordado un viejo adagio: nunca vuelvas a los lugares en donde has sido feliz.

En C. había vivido un intenso amor. Quizás el amor más importante de su vida. Recordaba los paseos con su amada que le enseñaba los lugares más característicos de la ciudad, al tiempo que le contaba su historia, y juntos trataban de descubrir las relaciones con personajes que allí habían vivido, mientras hacían planes para el futuro. Se sentía feliz, ¡muy feliz!, todo en C. le parecía luminoso, cálido, sorprendente y acogedor.

Más un buen (quizás sería mejor decir aciago) día, sin saber por qué, sin ninguna explicación, su amada desapareció de su vida. Los recuerdos de sus paseos, de su sempiterna sonrisa, del sorprendente fluir de su espontánea ternura y su complicidad, recuerdos con los que luchaba en desigual batalla como cuando se lucha con fantasmas, esos recuerdos fueron sustituidos por una profunda decepción que le producía un intenso dolor que le mordía el alma, y de los que solo conseguía aliviarse con elaborados trabajos cognitivos, con procesos de raciocinio por los que intentaba comprender que a pesar de todo la vida le regalaba cada día otras muchas dichas, y que su obligación era aceptarlas y vivirlas.

Pero estaba seguro que en C. no podría ya volver a disfrutar. No se dejaría gozar por la ciudad, estaría deseando y temiendo al mismo tiempo verla aparecer al doblar cualquier esquina. No, no podía ni debía volver a C., tenía razón su sabio amigo.

Entonces su zozobra volvía al punto de partida: a donde ir?. Y era en este punto donde se encontraba prisionero de su proverbial indecisión. 

Tuvo una idea. Iría al aeropuerto y sacaría un billete para el primer avión en el que pudiera aún embarcar, sin importarle su destino. Al fin y al cabo en todas partes hay muchas cosas interesantes por conocer. ¿No era él el que presumía de su enciclopédica ignorancia, haciendo de esa boutade un seguro de entretenimiento para el resto de sus días?

Dicho y hecho. Bajó todas las persianas de su piso, desconectó las corriente eléctrica, cogió su pequeña maleta (ligero de equipaje se sentía más libre), dirigió una última mirada panorámica exenta de la más mínima nostalgia, y se fue camino del aeropuerto.

Una vez allí tardó poco en saber que la idea antes esbozada tampoco le serviría de gran ayuda. Mientras veía los paneles de departures, con sus renglones rápidamente cambiantes y esa especie de tintineo seco de las letras al modificarse, que siempre le recordaban la composición de L. Anderson , no encontraba nada que le resultase atrayente en ellos.

La angustia le invadía nuevamente, un vacío interior le ataba a aquel incómodo asiento metálico, y una oscura fuerza, extraña y desconocida, le impedía dar un solo paso. Tenía que marchar, sí, pero no le apetecía ir a ningún sitio. Ninguno le estimulaba.

Reuniendo fuerzas de flaqueza, arrastrando las piernas, primero una y luego la otra con soberbio esfuerzo cognitivo, que parecían pesar tonelada y unos pies que se pegaban al suelo como poseídos del más atroz parkinsonismo, retornó el camino andado hasta encontrarse nuevamente en su oscura y silenciosa casa. Dejó caer la maleta en el recibidor y se derrumbó en su vieja butaca. Así estuvo inmóvil un tiempo que no sabría cuantificar, con la mente vagando por el vacío.

En esto sonó el característico timbre anunciador de que había recibido un mensaje de whatsapp. Iba a despreciarlo, no estaba él para mensajitos tontoscuando observó que el remitente era su amigo Nacho. Nacho era un tipo serio, que no perdía el tiempo en naderías ni se lo hacía perder a los demás, y además sumamente amable y educado. 

Puso el audio por cortesía hacia su amigo, pero con la misma actitud receptora de quien oye llover, hasta que se percató que era un precioso, intenso, muy erudito y emotivo discurso de Irene Vallejo. Le prestó cada vez mayor atención, así se lo merecía, hasta que oyó aquello de que se hace camino al leer. 

¡Albricias!. Sintió que la alegría saltaba en su interior, todo a su alrededor se volvió luminoso y musical. Se levantó como un resorte, esta vez sin esfuerzo, y fue a tiro fijo a su librería, al anaquel donde reposaba el viejo ejemplar de las poesías de Machado, las que hacía tanto tiempo que no leía por miedo a que también le mordiesen el alma.

Pero en esta ocasión iban a ser la guía que le conducirían por su más importante viaje. El viaje al interior de si mismo, Ítaca segura donde comenzaba el proceso de su añorada reconstrucción. Estaba seguro que así sí conseguiría exorcizar a todos sus fantasmas.

¡Tan lejos y tan cerca!

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jueves, 29 de abril de 2021

TODO UN ACONTECIMIENTO: UN NUEVO INQUILINO

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Maria Antonia andaba muy ajetreada, pero no por ello estaba cansada ni mucho menos triste.

Además de ser de natural alegre y optimista el acontecimiento que estaba esperando era muy positivo. Estaba preparándose para él desde hacía bastante tiempo.

Aunque sabía que le alteraría sus tiempos y a su edad tendría que reorganizar toda su vida, era algo muy deseado. 

Así que se sentó y una vez más se puso a reflexionar sobre todo ello. Evidentemente aquella habitación había que ordenarla y pintarla. Debería hacerse con un color claro, al tiempo luminoso y sereno. Aquel espacio tenía que ser un lugar acogedor donde disfrutar aún más del nuevo inquilino.

Pero, bueno, aún quedaba algún tiempo, por ello lo que de momento tenía que hacer era descansar y disfrutar anticipadamente pensando en lo que había de venir.

Y por fin llegó el día. También llegó sin ninguna dificultad el ansiado nuevo inquilino. Brillante, rotundo, sonoro. Cuando con emoción largo tiempo contenida posó sus manos sobre él y este emitió los primeros sonidos, la gran alegría de la meta conseguida la inundó totalmente.

¡Cuantas ganas había tenido de poseer aquel piano!

Versión 2

miércoles, 21 de abril de 2021

Ponche raquitismus

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Don Alfonso era un caballero circunspecto. Educado, muy correcto en su aspecto exterior, siempre de traje oscuro y corbata, exquisito en el trato, incluso empático, preocupado por sus pacientes, por los que se desvivía. A pesar de lo cual era proverbial en la región que nadie le había visto jamás esbozar una sonrisa. Quienes conocían su pasado comprendían que la vida le había dado muchos y duros golpes, arrebatándole de modo inesperado e injusto varios seres muy queridos, por lo que era comprensible su continuo deje de tristeza.

Eran tiempos duros para todos. La pobreza y el hambre cabalgaban sin freno en todo el territorio, y la injusticia hacía que se cebaran en los más desfavorecidos, mientras que, como siempre, los poderosos podían escapar amparándose en múltiples triquiñuelas disfrazadas de legalidad.

Por ejemplo, mientras que el servicio militar, obligatorio por entonces, hacía que los mozos se pasasen prácticamente dos años lejos de sus hogares y trabajos, con el consiguiente descalabro económico, o incluso el peligro de perder la vida en alguno de los conflictos armados de la época, los poderosos podían pagar la llamada “redención” o cuota por la que sus hijos quedaban exentos de tal obligación.

Vivía en Pola Seca una pobre mujer cuyos únicos recursos eran un pequeño y escarpado terrenillo, donde con gran esfuerzo su hijo plantaba unas pocas verduras y patatas. También tenían una vaca y un cerdo que les proporcionaban algo de leche y carne, y que por supuesto también debía cuidar su hijo, pues a ella su quebradizo corazón no le permitía el más pequeño esfuerzo.

Llegó el periodo de reclutamiento y su hijo fue llamado a filas. Mina, así se llamaba la mujer, vio el suelo hundirse bajo sus pies. ¿Qué iba a ser de ella?. ¿Como iba a poder subsistir sin la ayuda de su hijo?. ¿Y si lo perdía para siempre?. En todo caso ella sola dos años no resistiría.

¿En quien confiar?, ¿a quien acudir a pedir ayuda?. Ella era pobre e insignificante, y por supuesto ni vendiendo sus escasos bienes tendría dinero para hacer frente a la “redención”. Además nadie daría un paso por ella. Mon, como se llamaba el chico, tampoco podría librarse de la mili por ser hijo de viuda. Su padre se había marchado un buen día a buscar fortuna en la Argentina, al menos eso dijo al irse, y nunca más volvieron a saber de él. Pero como oficialmente no estaba dado por muerto, ella tampoco era oficialmente viuda.

Hasta que de pronto su mente se iluminó: ¡D. Alfonso!. Él era bondadoso, no era la primera vez que en alguna visita con motivo de enfermedad de ella o de su hijo, de forma discreta e imperceptible le había dejado un billete de 5 pesetas debajo de la almohada. Sí, lo tenía claro, D. Alfonso la escucharía, la comprendería y sabría que hacer. Si certificaba que Mon, su hijo, tenía alguna enfermedad de esas por las que no se puede hacer la mili, él quedaría exento, y sería la salvación para ambos.

Cuando se acercó al consultorio, ya el último paciente del día se había marchado, así que temblorosa, aunque confiada, llamó discretamente a la puerta.

– Hombre, Mina, que agradable sorpresa. Pasa, pasa, ¿que se te ofrece?. ¿Estás enferma?. ¿Es Mon?. ¿En que te puedo ayudar?.

– Ay, D. Alfonso!. Qué desgracia más grande. Sí, ye Mon. Llamáronlu pa dir a la mili. Y que voy facer yo si él se me va!. Yo nun pueo trabayar la huerta, ni los dos animales, usté mejor que naide lo sabe. De que voy vivir!. Esto ye el acabose. Tien que facer algo, por Dios. Nun tengo a naide más a quien recurrir!.

– Bueno, Mina, lo primero cálmate, mujer, no será el fin. En todo caso, ¿que puedo hacer yo?. Yo soy médico, no soy militar ni tengo nada que ver con esos procedimientos.

– Ya, D. Alfonso, ya, pero pue facer un papel diciendo que tien una de eses enfermedaes por las que nun se pué ir a la mili.

– Pero, Mina, que yo sepa Mon está sano…

– Por Dios, D. Alfonso, por Dios i-lo pido. Solo me queda usté.

– Bueno, Mina, bueno. Dile a Mon que mañana se pase por aquí, lo exploraré a fondo y el más mínimo detalle que le encuentre trataré de aprovecharlo, pero no sé yo…

– Gracias, D. Alfonso. Dios i-lo pague. Usté siempre ye buenu conmigo.

Al día siguiente, a primera hora Mina y Mon estaban en el consultorio. Mina, con el corazón desbocado no podía contener el nerviosismo. Ramón era un joven fornido, con buen color de tez por el trabajo al aire libre, y una musculatura desarrollada y proporcionada por el esfuerzo de las tareas habituales.

D. Alfonso lo exploró minuciosamente. Su agudeza visual y auditiva eran envidiables. La fuerza y el tono muscular, de un semidiós griego, la auscultación cardiaca y la capacidad pulmonar, de un atleta. La columna, fuerte, recta, dispuesta para soportar cargas y marchas. En definitiva, aparentaba una salud de hierro.

D. Alfonso se sentó nuevamente en el escritorio de su despacho. Respiró reconcentradamente y comenzó a escribir. Mina creyó que se iba a desmayar de la ansiedad. Finalmente, mirándola con la mayor benevolencia que pudo, D. Alfonso habló con tono suave y acogedor:

– Bueno, Mina, lo verdaderamente importante es que Mon está sano. Ahora bien, entre tú y yo, ¿que puedo poner en el informe?

– Yo de melecina nun sé, D. Alfonso. Eso ye usté, pero bueno, que sé yo, por dicir algo…ponche raquitismus!.

D. Alfonso tuvo que mantener la compostura de su rostro, pero por dentro le invadió una ola de ternura y misericordia. Pergeñó un informe con esos tecnicismos que los médicos saben expresar para que no se les entienda y justificar un diagnóstico, y al final concluyó que Ramón Fernández y Fernández, mozo de esta localidad, de 21 años de edad, tenía un estado físico que contraindicaba realizase los esfuerzos que conlleva el servicio militar. Quizás el diagnostico no sería muy acertado para los manuales de medicina basada en la evidencia, pero al fin y al cabo, como siempre le recordaba su buen y sabio amigo Antonio, el impacto humano de la medicina va más allá de los meros protocolos.

Hay quien dice que, una vez que se quedó solo en su despacho, por primera vez en mucho tiempo en su cara se dibujó una leve sonrisa, y su corazón se reconfortó con sus ausentes.

jueves, 15 de abril de 2021

Recursos (In)humanos

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Entre todo el personal de la institución, e incluso entre la competencia, era proverbial la cercanía y campechanía de D. Ramón hacia sus empleados.

D. Ramón había ingresado en el banco, como botones o chico de los recados, en aquella misma oficina cuando esta era una pequeña sucursal periférica, y que ahora se había convertido en la sede central de la institución, donde residía su corazón estratégico y el centro de las grandes decisiones financieras.

D. Ramón había ido escalando puestos poco a poco, con entrega total, sin regatear horas ni días al trabajo, y desarrollando además una gran simpatía y afabilidad en el trato con todo el mundo. 

Cuando ya ocupaba cargos de responsabilidad y habían ocurrido momentos de importantes crisis en la sociedad circundante, con gran audacia y visión de futuro había sabido esquivar las dificultades y llevar la institución hasta la cumbre del sector bancario internacional, por lo que eso, y sus muy acertadas inversiones, le habían llevado a ser no solo el director general de la institución, sino de hecho el propietario de la misma.

A pesar de todo ello y de sus 80 años ya cumplidos, D. Ramón era el primero en llegar al edificio. A las 7:30 a.m., cuando aun nadie había llegado, él entraba en su despacho, repasaba su agenda, y planeaba la estrategia de trabajo para el día. Posteriormente gustaba de pasar personalmente por diferentes plantas para interesarse por alguno de los asuntos en marcha, llamando a los empleados por su nombre, interesándose por su trabajo, y en ocasiones con los más antiguos incluso abordando temas personales.

Raro es que se ausentase a la hora del almuerzo, tenía que ser un compromiso laboral muy importante e inexcusable. Gustaba de hacerlo en la cafetería-restaurante del edificio, siempre el menú del día, que por supuesto pagaba religiosamente de su bolsillo, y siempre sentándose en una mesa distinta para, como él decía, poder socializar con toda la plantilla.

Acabada la jornada laboral, y después de confirmar que nadie permanecía innecesariamente en el edificio por aquello de la conciliación, salía a pie hasta su cercano domicilio, el mismo en el que había nacido. En él se tomaba un café rápido, cambiaba la americana y la corbata por otra indumentaria más informal, y bajaba al bar de la esquina donde jugaba una partida al dominó con los mismos compañeros de hacía 50 años.

Pero hoy esta tranquilizadora rutina debía verse alterada por otra circunstancia también muy agradable para D. Ramón. Como cada año, inalterablemente el tercer viernes de mayo, se celebraba la Junta de Accionistas. En ella D. Ramón cumplía con el para él sagrado deber de rendir cuentas de la gestión, y recibir la aprobación y el estímulo por la misma.

Estaba seguro que, como cada año, todo estaría meticulosamente preparado. Para ello Margarita, su mano derecha, su persona de máxima confianza, su jefa de departamento de recursos (in)humanos, llevaba un mes trabajando.

El escenario estaba perfecto, no en vano lo había diseñado el más afamado director de escena ítalo-helvético. Un atril elevado en el centro era iluminado en contrapicado por un tenue haz luminoso con los colores suavizados de la imagen corporativa de la institución, lo que enmarcaría la figura del conferenciante, dejando el resto en penumbra. El resto del escenario, incluido el suelo estaba cubierto de espejos que multiplicaban y engrandecían al ponente único, D. Ramón.

Al llegar los accionistas recibirían un obsequio no demasiado ostentoso como para que pensaran que era un derroche innecesario, pero sí lo suficiente para que se sintieran congraciados.

Por fin llegó el momento. D. Ramón se dirigió al atril entre murmullos de expectante admiración. 

Su discurso fue vibrante. Utilizando enfáticamente el tono y el entusiasmo, y cuando el ritmo lo requería las pausas, fue detallando como en el pasado año habían sabido no solo sortear las enormes dificultades económicas por las que pasó el país, sino que incluso fueron capaces de obtener beneficios. Beneficios que se habían logrado gracias a sus inversores accionistas y por lo que era justo que en ellos revirtieran.

Aquí sonaron las primeras ovaciones, y cuando D. Ramón sintió que el climax estaba conseguido, decidió que era el momento de emplearse a fondo, hacerse notar en su mayor entusiasmo, señalar que sobre todo y por encima de todo el mayor activo de la institución eran sus trabajadores, y que a ese concepto nunca renunciaría, pues era el pilar fundamental sobre el que reposaba la institución, y para ellos era su gratitud.

Nuevamente se repitieron las ovaciones que refrendaban la admiración por la cercanía y campechanía de D. Ramón. Por supuesto, nadie utilizó el turno de ruegos y preguntas, y el informe de la alta dirección y el plan estratégico de futuro fue aprobado por unanimidad.

Acabado el acto, unos con la satisfacción de la tarea cumplida y los otros con la autocomplacencia de pertenecer de alguna manera a tan brillante institución, D. Ramón mandó llamar a Margarita, su mano derecha, su persona de máxima confianza, su jefa de departamento de recursos (in)humanos.

Esta acudió rauda y solícita:

– Excelente, D. Ramón, como no podía ser de otra manera. Vibrante, convincente y detallado, sin abrumar ni cansar.

– Gracias, Margarita. Y gracias por su esfuerzo en el trabajo de la preparación, que sé reconocer. Ahora tengo otra tarea para usted, que seguro sabrá cumplir con su eficacia habitual. 

< Quiero que comience hoy mismo con la preparación de un plan de reestructuración, debemos prescindir de 3.500 puestos de trabajo. Y todos los servicios de suministros debemos externalizarlos a la India, nos salen más baratos. Es cuestión de supervivencia financiera. Es una imposición de las leyes de mercado. Yo bien lo siento, pero también usted sabe que esas leyes no las dicto yo.

< Y por cierto, que no suene a despidos, póngale uno de esos nombres que los políticos usan para todo, algo así como Plan de modernización, personalización y sostenibilidad, o algo parecido. Bueno, usted sabrá, pero lo importante es que entre en vigor este próximo lunes. 

< Y, como siempre, Margarita, gracias por el tiempo que le voy a robar este fin de semana y por todo su trabajo y esfuerzo, que sabe lo sé reconocer.

< Sí, D. Ramón, seguro que estará para el lunes, déjemelo a mí. Y las gracias a usted por su confianza.

D. Ramón cogió su copa de champán y se retiró a un lugar oscuro desde donde podría observar las evoluciones y reacciones de los asistentes, al tiempo que pensaba:

– Ciertamente este champán que encarga la bribona de Margarita es carísimo, pero también es buenísimo. De momento se puede seguir confiando en ella para estos menesteres.

Versión 2