jueves, 24 de junio de 2021

Parada discrecional: Fontiveros

La casualidad, como siempre, me ha llevado a descubrir uno de los intelectuales más brillantes y lúcidos del panorama actual. Me refiero a Rafael Narbona.

Este prolífico autor escribe tan maravillosamente de filosofía de la literatura como nos emociona con sus relatos cortos, comparte sus ideas sobre la trascendencia o realiza atinadas y esclarecedoras críticas sobre libros de materias tan abstrusas como la economía, motivo por el que lo conocí.

Desde entonces Narbona es para mí, y perdóneme la aparentemente noña pedantería, un faro que me guía en el proceloso océano de las lecturas cual eficaz antídoto frente a mi ignorancia. Afortunada consecuencia de tal navegación es el conocimiento de José Jiménez Lozano, y más concretamente de una de sus múltiples obras, la titulada El Mudejarillo, biografía poetizada de Fray Juan De la Cruz, y uno de los textos más bellos que he leído desde hace mucho tiempo.

Así este feliz hilo de Ariadna me llevó hasta Fontiveros, pueblecito de la provincia de Ávila, cercano a Arévalo y Madrigal, tierra llana en la Comarca de La Moraña, suave y reposada, con lejanos horizontes. Aquí nació el Santo, tal día como hoy pero de 1542 . Población de escasos 800 habitantes, de bella aunque, como casi todas, incierta toponimia, de la que se tiene conocimiento ya en el siglo XIII, cuando es una aldea de importancia económica y demográfica, con asentamiento de familias nobles e hidalgos.

Su historia, con rastros celtíberos y romanos, se consolida al tiempo de la conquista de Toledo por los cristianos, y entra en el ámbito de la leyenda con el reto de Blasco Jimeno al Rey Alfonso I de Aragón, de tan triste recuerdo para los castellanos, leyenda que quedó inmortalizada para el recuerdo en la denominada Cruz del Reto.

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Más había de ser el antes referido nacimiento del Santo lo que le ponga en el camino del conocimiento universal.

Como casi todos los pueblos de Castilla (y, por supuesto, también de otras muchas regiones), a pesar de su pequeño tamaño encierra un rico patrimonio cultural, memoria de vida. De ello destacaremos solo algunos ejemplos, que la brevedad de estas paradas no da para ser exhaustivos, y la ignorancia del plumilla mucho menos.

Previamente he de señalar que cuando llegamos al pueblo tales monumentos estaban todos cerrados, así como el Espacio San Juan de la Cruz ‘Llama de amor viva’, que traíamos como referencia de posada, y biblioteca especializada. A punto estuvo de irse al traste toda la ilusión con que abordábamos esta jornada. Afortunadamente una amable señorita funcionaria del Ayuntamiento realizó el trámite de consultar con el Sr. Cura Párroco de la localidad, y este, personalmente, con suma amabilidad y paciencia nos mostró los citados lugares. Vaya para ambos nuestro más profundo agradecimiento por sus, además, desinteresadas atenciones.

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Iglesia de San Cipriano. Bien de Interés Cultural y Patrimonio histórico de España, comenzada a construir en el siglo XII, de estilo mudejar, inspirado en la Catedral Vieja de Salamanca y en la Colegiata de Toro, con diversos avatares de ampliaciones, destrucciones y reconstrucciones hasta el siglo XVIII, y en los que participaron figuras señaladas como Lucas Giraldo o Rodrígo Gil de Ontañón entre otros.

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En esta iglesia se encuentra la Capilla de la Pila Bautismal donde fue bautizado San Juan de La Cruz, así como también las tumbas de su hermano Luis y su padre Gonzalo, cuya muerte motivó la necesidad familiar de irse de la Villa en busca de una mejor vida.

Destaca también la existencia de un precioso órgano del siglo XVIII, que en la actualidad motiva una importante participación en el Festival de Órgano de Ávila, y con el que se realizaron significativas grabaciones.

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Otros puntos de interés de la iglesia, cuyas descripciones o historias no detallamos en aras a la brevedad, son el Altar Mayor, las capillas de los Pamo, Real de San Juan Bautista, San Antonio, del Cristo de la Piedad, de Santa María de los Mártires o Capilla Museo, o la Sacristía, pero que reiteran la riqueza patrimonial antes citada de nuestros pueblos.

Iglesia/casa natal de San Juan de la Cruz. Convento construido en el lugar donde estaba la casa natal de San Juan de la Cruz e inaugurado en 1723, con altar mayor obra de Gregorio Fernández.

También, al paso, pudimos apreciar la Escultura de San Juan de la Cruz, de bronce sobre pedestal de granito, obra del escultor Ricardo Font. Se erigió en 1928 por suscripción popular a propuesta del Sindicato Católico de la Villa con motivo del II Centenario de la Canonización del Santo (1726-1926). Aparecen el águila de San Juan y el escudo de la Orden del Carmelo.

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En las calles de Fontiveros también aparecen ejemplos de arquitectura popular y casonas blasonadas como la de Diego de Arriaga, la Casa solariega de los Cubas Maldonado, La Torre del que fuera el Palacio de Don Jerónimo Gómez de Sandoval , Marqués de Fontiveros, la Torre del palacio de la familia del Obispo de Jaén Alfonso Suárez, la Ermita de Santa Ana o “de la Bandera”, la fachada de la Casa Parroquial , la Ermita de Nuestra Señora de los Mártires, El Torreón en la Plaza de las “Cuatro Calles” , que por la brevedad de la parada no visitamos.

Afortunadas circunstancias las narradas que proporcionaron al viajero esta feliz estancia en Fontiveros, fue adobada con un exquisito menú y un buen caldo de la tierra en la cercana localidad de Medina del Campo, que en otra ocasión ha de se también motivo de comentario.

Como dice el maestro Serrat …de vez en cuando la vida nos besa en la boca…y toma café conmigo…Está fue una de esas ocasiones, se lo agradezco.

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sábado, 12 de junio de 2021

Pulgarcito

El último favor es siempre el penúltimo.

Pulgarcito era un muchachuelo alegre, de sonrisa franca, muy activo y siempre dispuesto a hacer favores a los demás. Por esto era muy apreciado en la corte.

-Pulgarcito, podrías ir a por agua? -le pedían unos.

-Pulgarcito, podrías traernos leña? -decía otros.

Pulgarcito nunca decía que no, y así andaba todo el día ajetreado de ceca en meca, trabajando para los demás, sin que esto le reportará ningún beneficio material ni de rango dentro de la corte.

Su madre siempre le decía:

-Pulgarcito, por qué andas asÍ de azacanado?. No ves que todos se aprovechan de tí?

-Madre, no me importa -contestaba el bueno de Pulgarcito -a mí no me cuesta trabajo, y si puedo ayudar, pues mejor y más contento me siento. No lo hago por que me lo agradezcan ni me lo remuneren.

Un buen día la madre de Pulgarcito cayó enferma de aquel catarro universal que asolaba la región . Nadie sabía como evitarlo y mucho menos curarlo. Así que Pulgarcito se dedicó en cuerpo y alma a cuidar de su madre así como de las tareas de su propio hogar sin que le quedara tiempo para nada más.

En esto estaban las cosas cuando dos pajes de palacio llegaron hasta su casa a decirle que la Reina Madre requería su presencia de inmediato.

-Pulgarcito -dijo una vez que el muchachuelo estuvo ante ella -quiero que vayas a la ciudad y en el mercado de las sedas compres las más suntuosas que encuentres, Después te acercarás al pueblo vecino, donde reside el sastre, y le comunicarás que a la mayor brevedad debe confeccionarnos los más elegantes vestidos a las princesas y a mí para el próximo baile de la corte, al que asistirán los más afamados príncipes,. Adviértele que ha de darse prisa, pues tendrá lugar dentro de una semana. Así que andando, date prisa en cumplir mis órdenes, que tenemos poco tiempo.

Pulgarcito no sabía como expresar lo que tenía que decirle a la Reina, pues esta era conocida por su difícil carácter, y mucho más cuando se le llevaba la contraria. Con los ojos bajos y con la mayor suavidad de la que era posible, expresó:

-Majestad, sabéis que siempre es para mí un honor cumplir vuestros deseos, y que lo hago con prontitud. Pero en esta ocasión, y bien a mi pesar, no me va a ser posible. Las misteriosas fiebres que invaden la región tienen a mi madre en la cama con incurables calenturas y el cuidado ella y las tareas de la casa tienen ocupado todo mi tiempo, pues no hay ninguna otra persona que pueda hacerlas.

La Reina Madre sintió que la ira le invadía, su cara enrojeció y cerrando los puños al tiempo que golpeaba el suelo enrabietada gritó con voz gruesa:

-A mí la guardia, quitad a este insensato de mi presencia, encerradlo en la más profunda y oscura mazmorra del castillo, y encadenazlo para que nunca pueda salir.

Los guardias sintieron gran lástima por Pulgarcito, pero no se atrevieron a desobedecer a la Reina, pues sabían de las graves consecuencias de hacerlo.

A continuación la Reina Madre llamó a las dos princesas y claramente ñampeada exclamó a voz en grito

-Pulgarcito es un insensato. Nunca obedece a nuestras órdenes, siempre hace únicamente lo que a él le apetece, y eso no se puede consentir. Qué pasaría si todos nuestros súbditos hiciesen los mismo?. Lo único que quiere es boicotear vuestra presencia en el baile. Tenéis que hablar con vuestro padre, el Rey, y convencerle para que mande decapitar a Pulgarcito, por delito de lesa majestad.

Las princesas, aunque no entendían muy bien lo que decía su madre, la obedecieron, y el Rey, que aunque bueno era muy débil y no se atrevía a contrariar a la Reina por miedo a sus ataques de ira, dio las órdenes oportunas para proceder a ejecutar la decapitación de Pulgarcito.

Mientras tanto, los guardias, indignados ante tamaña injusticia, comentaron los hechos en la taberna del pueblo. Inmediatamente la ira creció entre los asistentes, que rápidamente se organizaron. Unos fueron a la casa de Pulgarcito para hacerse cargo del cuidado de su madre, así como de los cuidados del hogar, y el resto del pueblo se plantó a las puertas del Palacio Real armados de palos, piedras y antorchas, dispuestos a hacer lo que fuera necesaria para evitar la injusticia.

Los cortesanos al ver a la multitud claramente decidida a invadir Palacio, lo abandonaron rápidamente, dejando solos a los miembros de la Familia Real, que en el último instante pudieron huir por una puerta trasera, para nunca más volver.

El pueblo liberó a Pulgarcito, y su madre, gracias a los cuidados de los vecinos, curó de sus calenturas. Tras la huida de la Familia Real en aquel país se instauró la República,…y colorín colorado.


lunes, 7 de junio de 2021

Parada discrecional: Santiago de Compostela


Versión 2 – Versión 3

Poco o, por mejor decir, nada puede añadir este anciano plumilla a los océanos de tinta que se escribieron sobre los aspectos históricos, culturales, artísticos, monumentales, literarios, devocionales e incluso políticos de Santiago de Compostela o de los infinitos caminos que llevan a él desde el siglo IX hasta nuestros días.

En esta ocasión un nuevo factor se presenta en el panorama, la pandemia. Más como no hay nada nuevo bajo el sol, o al menos muy poco, tampoco esta le es ajena a la historia de Santiago y su Camino. Recuérdese el importante papel que en el mismo tuvieron los hospitales.

Como estaba Santiago, ciudad turística por excelencia, en esta incierta fase de la evolución, con ansias de recuperación?. 

Me sorprendió muy gratamente observar una cierta normalidad, tanto en calles como en establecimientos. Más, las preguntas surgen: es esta la nueva normalidad?. Vamos a presenciar aún mayor mejoría?. Y sobre todo, habremos aprendido lecciones importantes para el futuro?.

La pandemia representa una gran tragedia para la humanidad, los millones de muertos lo atestiguan de modo incontrovertible, lo mismo que los que quedaron con graves secuelas o las víctimas no menos importantes de la ruina económica.

En medio de la escasez de evidencias científicas, lo que impide un abordaje eficiente de la misma, es un hecho que el principal factor facilitador de la terrible expansión del virus es la socialización, o al menos el actual modo de socialización. Y lo grave es que esta es la característica básica del ser humano y de nuestro modo de vida. Se le atribuye a Aristóteles nuestra definición como animales sociales.

Así pues, acostumbrémonos a admitir y adoptar estilos de vida que sin anular estas características las modere y adecúe a un mundo más seguro y saludable. Y no olvidemos que esto ha de pasar inexcusablemente por que también sea más igualitario y solidario. De esta o salimos todos juntos o no salimos.

El Pórtico de la Gloría está ahí desde hace muchos siglos, venciendo muy diversas calamidades. Fue muy reconfortante volver a comprobarlo, y también comprobar la cívica normalidad que se respira en la calles de Santiago. Que dure!.

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domingo, 30 de mayo de 2021

El retorno

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Cuando el viajero llegó a la misma estación de la que había partido 40 años antes, la ciudad lo recibió también de igual manera, con una lluvia fina y pertinaz (orbayu la denominaban en aquel lugar), que conocía bien y sabía que si no se refugiaba de ella acabaría con una más que severa mojadura.

Gustaba nuestro personaje de viajar ligero de equipaje, lo que le iba a permitir desplazarse a pie hasta su hotel, eso sí, protegido por un paraguas, instrumento que nunca abandona a todo buen habitante de aquellas tierras.

Cuando enfiló la recta calle principal que unía la estación con el centro todo estaba envuelto en una neblina gris acerada que añadía aún más tristeza al hecho de comprobar que los cambios ocurridos en su ausencia no eran sustanciales, destacando el hecho de encontrar aún más negocios con el cartel de se vende/se alquila como tenebroso producto de las dos últimas crisis.

Entregado a la añoranza había decidido que en tanto buscaba una vivienda definitiva se alojaría en el hotelito de la plaza en la que habían transcurrido sus primeros años, y en la que se desarrollaron sus juegos infantiles, algo ahora imposible por mor de la invasión del tráfico.

Una vez instalado encargaría a una empresa de transportes el traslado de sus libros, sus cuadros y su querido piano, y después a una agencia inmobiliaria que, sin urgencia, pusiera en venta su piso, pues aunque pensaba volver en cuantas ocasiones le fueran posibles a Barcelona, la ciudad donde había trabajado y sido feliz durante estos últimos cuarenta años, no sería de forma tan frecuente ni tan prolongada como para mantener un piso como el suyo abierto, con los gastos que ello conllevaría.

El citado hotelito era pequeño, pero tenía todos los requerimientos básicos para una estancia confortable, y sobre todo una ubicación excelente, no solo por las razones sentimentales antes descritas sino también por encontrarse en la zona más céntrica de la ciudad.

Tras una ligera cena decidió retirarse a descansar. El día había sido largo, pródigo en emociones y no exento tampoco de cierta fatiga física. Los años comenzaban a pesar por más que subjetivamente no lo pareciera.

Un cúmulo de sensaciones, recuerdos y nostalgias se le agolpaban produciéndole una enternecedora situación de cierta labilidad emocional, pero que no le resultaba en modo alguno desagradable ni dolorosa, por lo que no tuvo ninguna dificultad en conciliar un sueño fácil que al día siguiente observó como reparador, y sin que el subconsciente le hubiese generado ningún sueño indeseable.

Desde su jubilación había adquirido el hábito de convertir el desayuno en uno de los momentos placenteros y relajados del día, bien es verdad que procuraba que esto sucediera también el mayor número de veces posible a lo largo de toda la jornada. Cuidaba de escoger alimentos de forma equilibrada y sin ninguna prisa, recreándose en el color, textura y sabor de los mismos. Zumo o frutas, cereales en forma de pan tostado, lácteos, proteínas en algún embutido suave, y un estimulante café con leche al que en alguna ocasión se permitía el lujo de añadir un croissant, algo aquí imperdonable por estar cerca de la confitería que llevaba más de 100 años confeccionando los mejores. Todo ello sin ninguna prisa, al tiempo que, con calma, planificaba mentalmente su jornada matutina.

Ciertamente debería buscar piso, pero quizás esta era la tarea que menos le urgía. Lo que más ansiaba era reencontrarse con la ciudad, por lo que sentía la ilusión y la incertidumbre de quien va a reencontrarse con una antigua novia. Desde que se había marchado regresó en algunas ocasiones, siempre con el único objetivo de visitar a sus padres con los que tenía una más que entrañable relación, aunque la verdad es que fueron más las veces en que ellos lo habían visitado a él en Barcelona. Pero desde que estos faltaban, y bien que los echaba de menos, no había vuelto a pisar su ciudad natal, así que tenía ganas de reencontrarse con ella y con sus recuerdos, aunque por otra parte sentía cierta inquietud ante la posibilidad de haberlos idealizado y que la realidad le mostrase alguna decepción.

Por de pronto la casa en la que había nacido, en aquella misma plaza, ya no existía, y estaba sustituida por otra de diseño más moderno de acero y cristal, y sus bajos estaban ocupados por un gran restaurante también de diseño. El convento de monjas, cuyo origen se remontaba al siglo XIII y que había sido declarado Bien de Interés Cultural, y cuyo interior había sido motivo de calenturientas aventuras épicas en su infancia, era sustituido por un vanguardista edificio de la administración, de Hacienda para más inri.

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De todos modos, desde allí comenzaría su primer paseo en el que el objetivo más preciado era llegar al bar donde su padre le había contado en reiteradas ocasiones que tenía la tertulia n la que se reunía con sus amigos, y formaba parte de su felicidad. Eran 10, todos mayores que él, todos personas inteligentes y creativos (pintores, músicos, escritores, etc., eso sí, todos de distinta ideología), que una vez por semana, durante una hora o raramente un poco más, y alrededor de sendas copas de vino (alguna vez se repetía la ronda) y algún aperitivo sólido, charlaba y discutían, alguna vez acaloradamente. Pero siguiendo un símil futbolístico, lo que sucede en la tertulia se queda en la tertulia. Nunca la más estruendosa discusión erosionó un ápice el cariño que entre ellos se tenían. A su padre siempre que hablaba de su tertulia se le iluminaba la mirada y se le dibujaba una sonrisa que significaban los muchos ratos de felicidad que allí disfrutaba.

Con estos pensamientos en poco tiempo llegó al centro sentido de la ciudad. Allí seguía el antiguo teatro, templo de la lírica a la que tan aficionados eran los habitantes de aquella ciudad, y donde anualmente se entregaban importantes premios a figuras destacadas de la ciencia y el pensamiento, que luego llevarían el nombre de la región por todo el mundo. Apenas encontró diferencias con el recuerdo que de él tenía en sus años jóvenes, si no fuera por la peatonalización de las calles aledañas.

A su lado la plaza que había sido testigo de tantos acontecimientos históricos, incluso anteriormente, él ya no había conocido eso, estuvo una cárcel para mujeres, y cuyo nombre tantas veces había cambiado al albur de las pasiones políticas del momento. Bordeada por significativos e imponentes edificios de singular valor arquitectónico, uno de ellos estaba coronado por un reloj con carillón que cada cuarto de hora, con la melodía del himno regional, marcaba el pulso de la ciudad.

Desde allí cruzaría por un parque del que cada rincón, cada fuente o cada estatua le traería el recuerdo de los juegos y meriendas de su infancia, incluido el regusto a barquillos, o de aquellas fotografías con la cámara minutera manejada con destreza por la popular y entrañable fotógrafa, que luego llenaban los álbumes de familiares.

Al concluir su trayecto por el parque se encontraría con una ancha y bien asfaltada avenida que en otros tiempos marcaba el límite del centro de la ciudad, constituyendo un terreno libre de edificios y con calles polvorientas que en los días de lluvia se embarraban totalmente. Mas en fiestas allí se instalaban las norias y los tenderetes de chucherías, churros y algodón dulce, sonidos y sabores que ahora emergían en sus recuerdos.

Esta calle se abría a una amplia plaza, ahora territorio de alegres juegos de niños y de reposo de mayores. En uno de sus laterales la cafetería de la tertulia, de las que su padre tanto y tan ilusionadamente le había hablado. Al traspasar el umbral notó que su corazón se aceleraba, y que una dulce nostalgia se apoderaba de él. Se sentó en una de las mesas, y se dedicó a observar. Allí estaba aún el viejo y entrañable dueño, quizás algo más encorvado y lento de los que su padre lo describiera, pero que con sabia parsimonia y gestualidad que recordaba a un experto director de orquesta dialogaba con los clientes al tiempo que marcaba el ritmo a sus dos sonrientes camareras, sus hijas, como sosegándose en la dicha del trabajo familiar conjunto. 

El viajero observó con detalle y cariño la decoración con un intemporal mobiliario, las mesas debidamente separadas como exigían las normas de la maldita pandemia, así como de sus paredes. Y allí, en una de las esquinas preferentes, al lado del amplio ventanal, entre otros muchos recuerdos de momentos entrañables, estaba la fotografía. Diez personas, una de ellas su padre, mirando a la cámara con aspecto de satisfacción, levantaban su copa y sonreían abiertamente.

Por fin sintió que había llegado a su auténtico destino, al tiempo que no pudo evitar pensar cuan presto se va el placer.

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jueves, 20 de mayo de 2021

Agradecida nostalgia

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Maylín ya podía oler la primavera.

Maylí ocupaba un buen puesto en aquella entidad bancaria, pero autolimitaba su promoción laboral ante el hecho de mantener un horario que le permitiese conciliar su trabajo con su libertad personal, y aunque no tenía familia no quería restar tiempo a disfrutar de sus aficiones o sus amistades, en suma a vivir.

Uno de esos pequeños grandes placeres era el que se proporcionaba cuando llegaba el buen tiempo. Entonces, al salir del trabajo gustaba de gozar de un sosegado paseo hasta aquel recoleto parque, y sentarse en un lugar discreto, siempre con un libro entre sus manos. Allí disfrutaba de la caricia de los últimos rayos de sol del día, y de la suave brisa que era como una caricia mantenida en suspensión, al tiempo que se dejaba escuchar en su paso entre las ramas de los árboles, sonido matizado por el vuelo y el piar de algunos pajarillos y por el murmullo lejano de los gritos infantiles en sus juegos.

Todo eso y el olor de la hierba del césped recién segado se transformaba en una múltiple sinestesia que Maylín identificaba con la primavera. Cuando esto sucedía se sentía embargada por un agradecimiento a esa vida que podía disfrutar.

En esos momentos dejaba su vista dirigirse hacia aquellos niños que jugaban, alegres y gritones, y hacia los grupos de madres, que charlaban mientras los vigilaban. Esa agradecida nostalgia le traía el recuerdo de su propia madre, la que le había dado tal vida.

Dejaba el libro a un lado y permitía que todos esos sentimientos la inundase.

Entonces ocurrió. 

El grito resonó como el restallido de un látigo que Maylín sintió incrustarse en su propia piel.

  • ¡Te odio!

La niña, de unos cinco años, rubia, rizosa, vestida con el uniforme de un colegio de las proximidades, pataleaba y gesticulaba frente a la que presumiblemente sería su madre, en medio de una rabieta de chiquilla consentida.

Maylín sintió rebrotar en su memoria aquel recuerdo, el único capaz de hacer que su agradecida nostalgia saltase por los aires hecha añicos.

Ella también se lo había dicho a su madre hace muchos años, allá en su país, cuando le había negado la compra de una serie de chucherías, también a la salida del colegio.

En aquella ocasión su madre la atrajo suavemente hacia si en un abrazo del que aún conservaba el calor, y como si estuviera rezando y no hablando con ella, murmuró: “Hijita, tú aún no podés entender, pero necesitamos la poquita plata que nos alcanza para otras cosas más básicas. Pero yo te prometo, he de conseguir que llegue el día que te puedas comprar lo que se te antoje”.

La retuvo entre sus brazos hasta que su ira se fue consumiendo, y las silenciosas lágrimas que se le escaparon fueron de una mezcla de comprensión, cariño, agradecimiento y seguridad en su madre.

También recordó a su padre. Su ausencia. Eso allá en su país le parecía casi normal, pues les ocurría a la mayoría de los niños, pero fue al llegar a este país cuando se le hizo más extraño, produciéndole una especie de vacío de vergüenza.

Lo más doloroso era cuando, tras varios días de ausencia, volvía licorado, dando voces. Entonces ya sabía que tenía que esconderse en la esquina más oscura de la modesta casa, sin hacer ningún ruido, mientras su madre soportaba los golpes en silencio, hasta que él se volvía a marchar. Entonces su madre corría a abrazarla, y le decía: “No te preocupés, hijita, todo está bien. Lo importante es que tú siempre estudies y puedas labrarte un porvenir”.

También recordaba la noche en la que mientras dormía, su mamá se le acercó a su cama, y muy bajito le susurró: “Vámonos, hijita. No hagas ruido”. Se levantó, sintió como su madre la cogía con una mano, y con la otra una pequeña maleta y sin mirar atrás dejaron la casa para introducirse en la noche. Caminaron un buen rato hasta que divisaron las luces de una pickup en cuya trasera había un grupo numeroso de personas. Recordaba su sorpresa al ver que llegaban al aeropuerto y después cuando subieron a aquel avión que les trajo hasta acá.

También recordaba como al llegar solo conocían a su tía María Luisa, en cuya pequeña casa vivieron compartiendo una habitación. Su madre estaba prácticamente todo el día afuera , trabajando horas y horas, limpiando y planchando en casas ajenas.Al llegar, mientras su cara reflejaba un profundo cansancio, le preguntaba: “¿Qué tal te fue en el colegio?. ¿Hiciste todas la tareas?. Recuerda que lo importante es que tú siempre estudies y puedas labrarte un porvenir”. Ella le contestaba: “Sí, mama. Te quiero”, y le daba un beso con la mayor ternura de que era capaz y que iba aumentando con los años, a medida que iba comprendiendo el significado de su actitud.

Por fin llegó el gran día. Tras muchos años de sacrificios y esfuerzos, recibiría una doble licenciatura en Economía y Derecho. Su madre la acompañaba orgullosa, y al acabar el acto volvió a abrazarla con aquella ternura que solo ella era capaz de transmitirle y le susurró: “El día de hoy justifica toda mi vida”.

Durante el tiempo de su licenciatura Maylín, viendo el ejemplo de su madre, supo compaginar el estudio con el trabajo en algunas tareas más o menos eventuales, lo que le permitiría inscribirse a continuación un renombrado master de investigación e inversiones financieras, al tiempo que ayudar a su madre a compartir los gastos de su espartana existencia y hacerle algunos modestísimos pero muy simbólicos regalos.

Cuando por fin Maylín terminó el master le fue fácil encontrar trabajo en la entidad bancaria en la que aún hoy trabajaba, donde su seriedad y eficacia le permitieron ir ascendiendo hasta el puesto que en la actualidad ocupaba. Al mismo tiempo, su cercanía y humanidad con los clientes la hacían muy estimada por estos y la dirección, con lo que le permitían de buen grado mantener ese horario conciliador de trabajo, algo que no era nada frecuente en el sector. Todo ello hacía que ahora sí la situación de madre e hija fuera desahogada y pudieran disfrutar de su cariño mutuo.

Pero ya sabemos que la vida no suele ser complaciente con los modestos. No había pasado mucho tiempo cuando su madre comenzó a padecer unos extraños dolores abdominales. Maylín la acompaño al médico quien, tras unos rápidos exámenes ecográficos, con toda la suavidad de que fue capaz les transmitió el funesto diagnóstico, cáncer de páncreas.

Maylín sintió que todo se derrumbaba en su interior, y caía en el más profundo agujero negro sin esperanza de poder salir jamás.

Cuando llegaron a casa su madre la abrazó con aquella ternura con que la abrazaba en los momentos trascendentes, con la suavidad y entereza que solo ella era capaz de transmitirle, y mirándola a los ojos le dijo:

  • No te apenes, mi hijita. Yo ya voy siendo mayor, y tarde o temprano ha de llegar el momento del gran paso. No importan unos pocos años más o menos, lo que importa es el fruto que de ellos hayas obtenido. Y mi fruto eres tú. Verte como te veo hoy, con tus estudios y tu trabajo, y siendo tan buena hija como eres justifica plenamente mi vida. Lo único que ahora te pido es que trates de ser feliz, y que me recuerdes sabiendo que cada momento que disfrutes, yo estaré a tu lado haciéndolo también. Además ya sabes que el amable doctor me prometió que el tránsito sería corto y no pasaría dolor, y estoy seguro que cumplirá su promesa.

Y así fue. En los pocos meses que duró su enfermedad, Maylín no se separó un solo instante de su madre, procurando transmitirle todo su cariño y hacerle cada hora lo más agradable posible. El doctor pudo cumplir su promesa y una suave y humana sedación facilitó el tránsito de la madre a su último destino.

Y siguiendo sus enseñazas, cuyo recuerdo no se apartó de ella ni un instante, pasado el primer dolor de la pérdida Maylín aprendió a sentir aquella agradecida nostalgia que fue la gran herencia que recibió.

Al tiempo que pensaba todo esto Maylín sintió que le gustaría acercarse a la enrabiada niña y decirle que le diera un beso a su madre y se pusiera a jugar con ella, disfrutando del gran regalo que la vida le hacía teniéndola cada día cerca de sí.

Estaba segura que su madre sonreía.

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