martes, 30 de julio de 2024

VISTO LO VISTO (I)

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Hoy inauguro sección. En estos tiempos dominados por la prisa, con las redes sociales atrapadas en mensajes breves que obstaculizan la reflexión, la invasión de un turismo y otros fenómenos que facilitan la vulgaridad (Jesús Terres dixit) retrotrayéndonos a esa maravillosa película de los tiempos grises que era Los Tramposos (aunque los neoadanistas no lo crean) , en este presente, digo, de confusión e incertidumbre, necesitamos refugios, y no solo refugios climáticos sino refugios de sosiego.

Estos refugios no tienen por qué ser necesariamente físicos, que también. Pueden ser inmateriales como la lectura de un libro, la escucha de una música, la contemplación de un entorno o simplemente el silencio y nuestro propio yo. En definitiva, todo aquello que nos facilite sin interrupciones serenidad, capacidad de reflexión y disfrute de lo bello.

Es un determinante positivo de salud el buscarlos, disfrutarlos y todavía mejor, compartirlos. Así pues voy a regalarles, en las próximas dos entradas de este blog con total gratuidad por mi parte y por la de ellos, dos de estos refugios.

El primero es una exposición fotográfica titulada Un nómada ante la diversidad, de la que es autor Emilio Cueto, y que como muestra el link adjunto se pudo disfrutar en la sala de exposiciones de la Plaza de Trascorrales de Oviedo entre los días 18 y 30 de julio.

Emilio Cueto es un joven nacido allá por el año 44 del siglo pasado, lleno curiosidad, inquietud y vigor físico, que cuando era piquiñín conoció el mundo a través de una colección de cromos que despertó en él otra de sus pasiones, la de intrépido viajero por los más dispares lugares de nuestro planeta. Empresario constructor durante su etapa de actividad profesional, comenzó a conocer la fotografía hacia los pasados años 70, como hobbie para guardar sus recuerdos personales. Retirado de la vida laboral hace 20 años puede dedicarse enteramente a sus dos pasiones, los viajes y la fotografía, a la que dice que nunca pensó dedicarse profesionalmente y que la cultiva por placer, por disfrute de la vida. Hombre sereno, ecuánime, generoso, amigo de sus amigos, lleva recorridos unos 50 ó 60 países en busca de las imágenes más bellas e insólitas. Y a fe que lo consigue.

Históricamente en España, a diferencia de otros países, no tuvo la fotografía mucho predicamento dentro de las artes plásticas, parecía su hermana pobre, y así parecía confirmarlo su cotización en el mercado. Afortunadamente los tiempos pasan y esos grises antes aludidos son iluminados y coloreados por la tenacidad y el buen hacer de personas como Francesc Catalá-Roca, Oriol Maspons, Alberto García Alix, Chema Madoz, Ouka Leele o Cristina Gardía Rodero, por mostrar un ejemplo no exhaustivo, y por eventos como PhotoEspaña e incluso La Movida Madrileña de los años 80 la fotografía fue adquiriendo el auge y prestigio artístico y de cotización que justamente se merecía y que la colocaba en el puesto que hoy ocupa.

Todo esto lo iba asimilando Emilio Cueto con la discreción que le caracteriza, mientras acumulaba decenas de viajes, miles de fotografías y me atrevo a decir que millones de experiencias y sentimientos que ahora nos regala en la exposición comentada. 102 fotografías nos muestran con todo detalle la belleza que encierra la diversidad, y que como dice Juan Ramón Noriega Estrada «trascienden fronteras, culturas y paisajes».

Para quien no llegue a tiempo de gozar de la exposición (ojalá gire por más puntos de la geografía regional y nacional), esta se acompaña de una publicación de belleza acorde, primorosamente editado en los Talleres de Gráficas Eujoa . Es también de destacar la magnífica materialización de las fotografías, realizada por Color3Arte.

No nos queda más que agradecerle a Emilio Cueto este excepcional acontecimiento y desearle larga vida y que mantenga ese juvenil vigor e ilusión viajera para que nos continue regalando la belleza, la humanidad y la paz que su exposición transmite, y de las que tan faltos estamos.

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P.D.: Las dos fotografías que ilustran este escrito están tomadas del libro referido.

martes, 4 de junio de 2024

EL ENCUENTRO

Era noviembre, y era gris. Era viernes, y era gris. Todo era gris. El fin de semana en soledad se presagiaba por delante.

Una fina y persistente llovizna, la que en esa tierra llaman orbayu, hacia aún más desagradable el atardecer. La niebla desdibujaba los contornos de los edificios y el mobiliario urbano de las vacías calles, y a través de ella solo dejaba intuir negros nubarrones que amenazaban con tormenta que harían aún más desapacible el ambiente.

A medida que Claudia iba caminando la calle parecía empinarse y alargarse más y más. Le embargaba un cansancio extremo. Cada paso le costaba un esfuerzo infinito. Tenía que realizar un acto de voluntad para obligarse a poner un pie por delante del otro y así continuar su marcha. Si no fuera por vergüenza a ser vista y por el tiempo tan inhóspito, de buena gana se sentaría en un bordillo de la calle y allí se quedaría.

De pronto, sin saber como, sin tan siquiera querer mirar en aquella dirección, le pareció ver allá al fondo una sombra confusa que se movía en su dirección.

A medida que se acercaban, la sombra, a pesar de lo difuso del entorno, iba adquiriendo perfiles, y lo más sorprendente, era un perfil humano. Evidentemente se trataba de una persona, la única persona que Claudia había encontrado en todo su recorrido. Además, aunque todo el entorno continuaba difuso, gris y oscuro, esa persona parecía estar iluminada, como por un cinematográfico efecto especial.

Cuando estuvieron lo suficientemente próximas Claudia quedó perpleja. Esa persona tenía un asombroso parecido con ella misma. Es más, era exactamente igual a ella misma.

– Perdone, usted… – se atrevió a balbucear.

– Yo, ¿qué? – respondió la persona que ya no era sombra.

– Es que ese parecido…me tiene desconcertada.

– Pero, Claudia, ¿no me reconoces? ¡Soy tú!

En aquel momento Claudia lo comprendió todo: se había encontrado a sí misma.

Sin pensarlo ni mediar más palabras se fundieron literalmente en un abrazo, quedando una sola persona.

En ese momento la llovizna, la que en esa tierra llaman orbayu, cesó. La niebla desapareció mostrando claramente los contornos de los edificios y del mobiliario urbano, la calle parecía más llana de lo que había sido hasta ahora, y del cielo desaparecieron los nubarrones negros, tiñéndose de un suave atardecer.

viernes, 26 de abril de 2024

Querido amigo Invierno.

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He experimentado una muy alegre sorpresa al recibir tu carta. Y lo fue por partida doble.

Me explico: En primer lugar, el no tener ninguna noticia tuya en esta época de la información, las redes sociales, la mensajería instantánea o el correo electrónico me hizo temer lo peor.

Que hubieras desaparecido para siempre, o fueses victima de algún suceso grave o te hubieses olvidado de nuestra antigua y sincera amistad. Cualquiera de las tres posibilidades me producía un profundo malestar.

Sin desdeñar la magnitud de las otras dos razones, la primera de ella, es decir tu desaparición traería incalculables y funestas consecuencias no solo para mi ánimo sino también para toda la humanidad.

Sí, no te creas que lo digo por emplear eso tan de moda hoy, la hipérbole. Lo digo porque incluso ahora en que tu desaparición fue más fugaz, ya causó algo a lo que siempre los humanos le tenemos miedo: la sequía.

Los que tenemos una determinada cantidad de años, y tú tienes muchos más que yo, recordamos cuando en este nuestro país todos los males eran atribuidos a la conjura judeo-masónica y a la pertinaz sequía. Afortunadamente aquellos tiempos ya pasaron, al menos eso espero.

Pero la palabra sequía sigue trayendo inevitablemente remembranzas negativas en otros muchos casos. No hay cosa que más tema un delantero futbolístico que la sequía goleadora, o un artista que la sequía de la inspiración. Y no digamos nada de la tragedia que implica que sintamos sequía en el alma.

Afortunadamente tú estás nuevamente aquí y, aunque ello signifique algún catarro inoportuno, una sonrisa vuelve a iluminar nuestras caras pensando que al final, de un modo u otro, acaban por cumplirse los ciclos de la vida.

El segundo motivo agradable de la sorpresa es que tus noticias me las hayas enviado por carta, por lo que siempre se llamó correo ordinario, con su sello postal, su matasellos y todos los predicamentos debidos.

Una vez más este hecho me rememoran entrañables escenas familiares.

Recuerdo a mi madre, cuando se aproximaban las fechas navideñas, organizando todo un extenso protocolo. Primero sacaba de su escritorio una libreta donde estaban apuntados los nombres de las personas con las que debía cumplir cortesía. Después iba al estanco de siempre y compraba ese mismo número de tarjetas navideñas con sus correspondientes sobres. “Crismas” los llamó ella siempre. Bueno, al citado número siempre le añadía tres más por si alguno se le estropeaba. Por supuesto también compraba los oportunos sellos postales, de diferentes valores según el envío fuese para nuestra ciudad, para el resto de España o para algún país extranjero.

Tras calcular la tardanza del envío para que las tarjetas pudieran llegar a su destino entre los días veinte y veintiuno de diciembre, la tarde del domingo anterior se encerraba en aquella habitacioncita que ella denominaba mi despacho, con la seria advertencia de que nadie la molestara salvo causa de fuerza mayor.

Al cabo de tres horas nos llamaba a mi hermana y a mí para que firmásemos en los destinados a la familia o amigos comunes, instándonos a que añadiéramos algunas palabras de cariño.

Acabado este proceso, los sobres debidamente cerrados eran depositados por ella misma en el correspondiente buzón de la oficina central del servicio de correos.

Mucho te agradezco, amigo Invierno, que me hayas hecho rememorar este entrañable recuerdo.

Ahora bien, una sombra de inquietud me surgió durante unos minutos cuando al final de tu alegre misiva me dices que tienes algo que comunicarme que yo tal vez no sepa y que para ello lo mejor es que nos encontremos personalmente.

Pasado el primer impacto pronto deseché cualquier asunto desagradable por que recordé la cantidad de veces en las que yo te relaté que lo principal que mi profesión me enseño sobre el sufrimiento humano es que el factor fundamental de este es la incertidumbre, y también recordé que tú siempre asentías y manifestabas estar de acuerdo conmigo. Por ello, el ser conocedor de tu amistad y benevolencia me asegura que tú no deseas que yo pase por tal trance, y por tanto la noticia que me vas a dar a de ser cosa buena y sobre todo que servirá para hacer crecer aún más si cabe la mutua amistad que nos profesamos.

Sí, es verdad que ahora tus llegadas, tus idas y venidas, son más erráticas que antaño, cambio climático creo que lo llaman, pero no importa. Esperaré a que tengas a bien volver y cuando eso suceda disfrutaremos como siempre de los regalos del destino.

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martes, 9 de enero de 2024

Esperanza

Esperanza era mujer muy bella. Además, la más que desahogada posición económica de su familia le había permitido desarrollar sus altas capacidades intelectuales, llegando a adquirir una sólida formación en varias de las bellas artes.

Así, podía tocar con gran desenvoltura tanto el piano como el violonchelo. Por otra parte, de forma anónima, con seudónimo, se permitía publicar con cierta frecuencia algunos relatos breves y columnas de opinión en la prensa local u online. Nada de lo humano le era ajeno, defendiendo siempre a los más desfavorecidos y las causas de los derechos humanos o del feminismo. También en esto había alcanzado un cierto grado de atención y seguimiento a tenor del número de comentarios que suscitaba.

Aficionada a los viajes (dominaba tres idiomas además del propio castellano) y a la pintura, había visitado los más importantes museos, y desde hacía un tiempo se permitía introducirse en el mundo de la creación plástica, ámbito en el que sentía su mayor admiración por el informalismo y expresionismo abstracto, estilos que trataba de imitar, aunque en los últimos tiempos le gustaba retornar a una cierta figuración, eso sí siempre desde una perspectiva cargada de surrealismo crítico.

Por todo ello, en su su fuero íntimo aspiraba a la genialidad, lo que no hacía por satisfacer su ego, cosa que sinceramente no le importaba mucho, si no porque pensaba que así podría cooperar a elevar el nivel cultural de la humanidad, siendo su forma de contribuir a crear un mundo mejor, con un mayor entendimiento entre sus habitantes.

Mas, desde hacía un tiempo la invadía una extraña y profunda melancolía, totalmente ajena a su carácter anterior. A cualquier punto de su entorno que mirase solo encontraba tragedias y desgracias, guerras, injusticias, en las que los peor parados eran los más inocentes e indefensos. La visión de los cadáveres de los niños en los naufragios de las pateras o heridos y famélicos por las guerras le partían el alma.

Se sentía confusa, perdida, desorientada. Intentaba razonar y agradecer a la vida los muchos privilegios que le concedía, pero no le servía de nada. Sus actividades no conseguían tener la más mínima influencia, sus escritos cada vez eran más pesimistas y escasos. ¿Para qué opinar nada, si todo era egoísmo e irracionalidad?

Ella que tanto había disfrutado interpretando las Sonatas de Beethoven o las Canciones sin palabras de Mendelssohn, ahora la única música que tenía en la cabeza era el Cuarteto para el final de los tiemposSu pintura iba perdiendo color y su temática, cada vez más hiperrealista, solo reflejaba ruina y destrucción.

Bien es verdad que nunca había tenido una personalidad chispeante, pero ahora la vida la sentía muy cuesta arriba. Despertar por las mañanas y tener que enfrentarse al nuevo día en el que todo se le presentaba negro era como tener que desprenderse de una pesada losa que la aprisionara. El resto del tiempo hasta le costaba trabajo andar, parecía que tuviese que arrastrar una inmensa bola de acero encadenada a sus piernas.

Solo una inquebrantable disciplina en la que había sido educada hacía que se impusiera la obligación de continuar con su pintura. Además, encerrarse en el estudio le permitía estar aislada durante muchas horas, protegida en su burbuja. Recordaba cuando Amalia Avia le había contado que para ella de puertas adentro de su estudio, delante del caballete, en ese enfrentamiento directo en soledad, todo queda muy lejos y solo persiste la lucha con el cuadro, desde el que trata de averiguar que pasa en su interior y en el mundo.

Aquel día, como todos desde hacía bastantes meses, tampoco le apetecía ver a nadie, pero había transigido con la visita de su amiga Mari Fe. Al fin y al cabo era su amiga del alma, la única que conocía casi todas sus intimidades, y a la que también escuchaba sus confidencias, así que con ella no tendría que fingir su estado de ánimo.

Además Mari Fe también tenía que hacer frente a su tragedia personal. Su queridísimo y único hijo, Juanín, padecía un autismo severo. Como todos los niños de esas características, Juanín no podía controlar sus emociones que en muchas ocasiones expresaba en forma de arrebatos de cólera e incluso intentos de agresión, siempre de forma inesperada, lo que hacía que la comunicación con él fuera extremadamente difícil. A Esperanza la ponían muy nerviosa sus accesos de ecolalia, pues sabía que habitualmente tras ellos se desencadenaba la tormenta emocional.

Sin embargo Mari Fe abordaba estos episodios con una paciencia y una ternura infinitas, lo que la hacía admirable y digna de apoyo a los ojos de Esperanza, por lo que aceptaba de buen grado sus visitas. Además, por alguna extraña razón su pintura obraba en Juanín un efecto tranquilizador.

Nada más llegar al taller el niño paseaba lentamente y en sorprendente silencio frente a los cuadros expuestos, pasaba de uno a otro deteniéndose ante cada uno de ellos con gran atención durante un buen tiempo. Este proceso parecía ser un bálsamo para él y un tiempo de relajación y descanso para su madre.

Pero aquel día fue distinto. Nada más llegar Juanín se dirigió directamente a un cuadro en concreto que estaba medio oculto en una de las esquinas del taller. Allí estuvo durante todo el tiempo, absorto, con la mirada fija, sin ningún movimiento corporal y sin alternar con la contemplación de ningún otro.

Ese cuadro, de pequeño formato, mostraba una especie de diagonal curva, con una ancha base próxima al ángulo inferior izquierdo del cuadro que se iba adelgazando a medida que se aproximaba al ángulo superior derecho, acabando en una especie de vértice, todo ello en un fuerte amarillo limón, realizada con acrílico e impregnaciones de tierra, sobre arpillera, lo que, a parte de lo brillante del color base, le daba una gran carga matérica al tiempo que idea de sencillez y referencias al arte povera.

El cuadro no estaba en una esquina porque estuviera abandonado ni tampoco acabado. De hecho era uno de los que en su proceso más resistencia le había opuesto. Esperanza llevaba meses buscando el abstracto absoluto y ese estaba siendo el resultado no definitivo de sus reflexiones.

Y ahí estaba Juanín, quieto, callado absorto frente al cuadro, hasta que en un momento dado, sin que hubiera sucedido ningún cambio en el entorno, comenzó a exclamar:

– Gusta, gusta, gusta, gusta…- de forma monocorde y sin ninguna otra alteración en su rostro ni en su cuerpo.

Esperanza se asustó ante la posibilidad de que se fuera a desencadenar su temida ecolalia. Pero no fue así, Juanin continuó con su soniquete sin la más mínima agitación.

Entonces se acercó al niño y le preguntó:

– ¿De verdad te gusta? ¿lo quieres? ¿quieres que te lo regale?

Pero Juanín no le contestó directamente y sin cambiar de tono ni expresión continuó con su retahíla de «gusta, gusta, gusta…».

Entonces Esperanza descolgó el pequeño cuadro y se lo entregó a Juanín como quien realiza la más valiosa de las ofrendas.

Juanín abrazó el cuadro intensamente y en su rostro se dibujó una indescriptible sonrisa. Después, acercándose a Esperanza le dio un cálido beso en su mejilla.

En ese instante Esperanza tuvo una visión de música y color en su interior, una luz que le hizo comprender las respuestas a todas las preguntas que últimamente le atormentaban y tener la evidencia de que nuevamente recuperaría el sentido de su obra.

LUCIO

P.D.: Las obras que ilustran estas torpes líneas son:

– En la Academia Julian (1881), de Marie Bashkitseff, en la actualidad en el Museo de Bellas Artes de Dnipró (Ucrania).

– Un cuadro de Lucio Muñoz, del que desconozco título, año o paradero actual.

domingo, 24 de diciembre de 2023

Desde la ventana

Estos días navideños solemos estar más sensibles, con los sentimientos, para bien o para mal, más a flor de piel.

Sin embargo la vida sigue empeñada en mandarnos mensajes a los que hemos de estar dispuestos a percibir.

En medio de esos mensajes he hecho estos dos descubrimientos que quiero compartir con mis pacientes lectores:

– https://youtu.be/FSZ1lFkzkKI?si=xyMnGZ_dxEd0IcSE

Pido perdón por la mala calidad de la edición del presente post, únicamente debida a mi impericia informática. Seguiré manteniendo entre mis deseos de nuevo año la realización de un curso de perfeccionamiento de wordpress.

Feliz Navidad, y que nunca olvidemos el sentido del acontecimiento que en tales fechas conmemoramos.

viernes, 15 de diciembre de 2023

Parvulario: Cosas, gentes.

 

I

Cosas y gentes que deprimen

Acostumbro a dormirme con la radio y despertarme con la radio. En el primer caso lo hago sintonizando música, que me facilita conciliar el sueño. En el segundo caso, por la dudosa obligación cívica de estar mínimamente informado, sintonizo las noticias.

Es entonces cuando se cierne sobre mí un cúmulo de negros nubarrones que acaban concretándose en tormentas pletóricas de rayos y truenos, y que más invitan a refugiarse de modo permanente en la blanda tibieza del lecho que a cualquier otra cosa.

Pero bien sé que de nada serviría tal nihilista actitud. La realidad es la que es y es necesario abordarla y gestionarla del modo más humano posible. Es aquí donde me pregunto, entre otras cuestiones, que factores comunes encierran tal sinnúmero de calamidades, catástrofes, injusticias y desigualdades.

La realidad es compleja y variopinta por lo que son muchas las causas que conforman esas desgracias, pero hay una que a mí particularmente me desazona. Esa causa es el egoísmo.

Dice el DRAE que es un inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás. Incluso hay quien lo convierte en su ética, y solo se preocupa de los demás en cuanto ello repercute en su beneficio propio.

El egoísta deviene en neoadanista y se erige en el centro del universo, nada ni nadie importan salvo él, nunca antes existió nada ni nadie digno de interés, y por supuesto no le debe nada a nadie. Todo lo que tiene se lo debe a su propio esfuerzo y a sus propios méritos. Los demás que se arreglen, que hagan como él, y si tienen necesidades, que se esfuercen aún más.

Y así nace y crece la desigualdad, factor principal generador de la sociedad fracasada, al tiempo que va forjando un mundo que se regula por la ley del más fuerte, que nos hace volver a la ley de la selva.

Pero ojo, porque tal planteamiento puede incluso justificar la violencia en muchas de sus formas, y llegados a este punto, ¿estamos seguros de ser nosotros los más fuertes?

II

Cosas que hacen latir deprisa el corazón

Si a la vida, eso que sucede mientras usted y yo hacemos planes, tuviéramos que buscarle un logotipo, probablemente la imagen más aproximada a la realidad sería la de un poliedro irregular, con sus caras diferentes, sus aristas y sus vértices. Todo ello nos lo muestra a un tiempo, en ocasiones con concavidades, en ocasiones con convexidades.

Pero también en ocasiones, esa vida paradójica y contradictoria, esa maestra rígida, que nos educa en la disciplina y el sacrificio, como dice el maestro Serrat, decide tomarse un café con nosotros, e incluso nos regala con esa galletita de cortesía, dulce, mantecosa, tan agradable al paladar. Y lo hace en forma de arte.

Pues todo esto es lo que me ocurrió estas últimas semanas. El poliedro mostró algunas de  sus más cortantes aristas con la advertencia de que extrajera sus enseñanzas, pero también, esbozando un gesto de benevolencia que incluso trataba de ser ternura, me instaba a que me centrase en lo dulce y nutricio de la galletita.

Tratando de ser alumno agradecido volví a buscar el bálsamo de la música. Rameau, Chopin, Ravel y Liszt se sientan  a mi mesa de la mano, o por mejor decir de los increíbles dedos, y del sentimiento del joven Bruce Liu, ese portento pianístico, ganador del último Concurso Chopin en Varsovia.

Concierto extraordinario en lo técnico y en lo expresivo, me llevó a contemplar como hay cosas que persisten más allá de la circunstancias humanas. Y como en la larga lista de  suertes que algunos privilegiados podemos escribir al abrir los ojos cada nuevo día, está el haber nacido y vivir en una ciudad como la mía, y tener acceso a esas músicas inmortales.

Pero la cosa no acababa ahí. Aún me faltaba encontrar a Monet y su deslumbrante, y nunca mejor empleada la frase, capacidad para vibrar y hacer vibrar a los demás con su percepción de la luz y el color.

Nieve, mar, niebla, sol, por supuesto nenúfares, a todas horas, con distintas luces, crean belleza y al hacerlo ensanchan nuestra alma. Lamentablemente en la exposición faltaba Impresión, sol naciente, pero las más de cincuenta obras presentes eran más que suficientes para gozar de su grandeza.

Me llamó especialmente la atención su última época, el siglo XX con su Londres. El Parlamento. Reflejos en el Támesis y sobre todo su época nórdica en los que, quizás por la evolución que es consustancial a todo gran artista, quizás debido a dificultades visuales por sus cataratas, , caminaba hacia los deslindes de la abstracción.

¡Y pensar que aquellos avinagrados critiquillos le llamaron impresionista a modo de insulto! Poco se podían imaginar que el bueno de Monet estaba creando un movimiento que, junto con su nombre, pasaría a la historia, mientras que hoy nadie conoce ni recuerda a aquellos personajillos. ¡Cuán ruines podemos llegar a ser los humanos! ¡Qué pena! Pero no acabemos con un sabor agrio, acordémonos de las galletitas y disfrutémoslas.

domingo, 26 de noviembre de 2023




El próximo martes, día 28, a las 19:30 horas, en los locales de la librería Matadero Uno, ubicada en la Plaza de Riego, se presenta la obra denominada Franquismo de cartón piedra: arquitectura efímera y de propaganda en los primeros años de la dictadura. José Gómez del Collado (1942-1948), de la que es autor el buen amigo y excelente investigador Jorge Bogaerts.

Antes de hablar de la citada obra creo que es de ley felicitar muy sinceramente a los promotores de tan valiente iniciativa por abrir nuevamente las puertas del local que ocupó la emblemática y centenaria Librería Ojanguren, al tiempo que facilitan un gran número de actividades culturales. En esta época en que se quería dar por finiquitado el libro de papel, el hecho de no solo salir en su defensa sino también facilitar el sentase alrededor de la hoguera a compartirlo, muestra un gran coraje, lo que es muy de agradecer. Vetusta puede dormir la siesta, que si es breve es muy saludable, pero también hace otras muchas cosas muy meritorias, como esta.

Y ahora vayamos al libro, comenzando por su autor.

Bogaerts es hombre de cultura enciclopédica, como nos demuestra cada día en sus atinados comentarios en la red de Facebook. Pero es una cultura de la de verdad, no esa vacua erudición que únicamente sirve para lucir los colores del pavo real del portador de los datos. No. Bogaerts analiza, compara, pone en contexto y acerca sus resultados a la vida nuestra de cada día. Además, es riguroso, sistemático y pertinaz, muy pertinaz. Así que todo lo que salga de su magín y su pluma ha de llevar este marchamo, que lo hace interesante para todo aquel que conserve esa sal de vida que es la curiosidad intelectual.

El libro que nos ocupa es el producto de una minuciosa investigación que da por resultado mucho más que una biografía, es un libro de historia. Pero no de una historia memorística y exclusivamente notarial que se limite a levantar acta de unos datos que por si solos resultarían fríos y quizás sin mucho sentido. En un libro de historia social donde esos datos se explican en el contexto del devenir de una sociedad, al tiempo que sirve como pretexto para dar a conocer las entretelas de una de las épocas más crueles e intencionadamente ocultadas de la historia contemporánea española, la primera fase de la posguerra “incivil” española y de la implantación de una dictadura que aún resuena, y sin cuyo conocimiento no nos podemos explicar alguno de los hechos de la actualidad. No ignoremos que todavía a día de hoy se dan manifestaciones en las que lamentablemente hay que oír el viva franco o el cara al sol.

Todo ello está relatado con un estilo que a pesar de la profusión de datos no está exento de elegancia, buena prosa y mesura, todo ello muy de agradecer en los tiempos que corren, y que incluso hacen amena su lectura.

Por otra parte, la edición del libro es exquisita, como no podía ser de otra manera viniendo de Ediciones Trea. La calidad del papel, la originalidad de la portada, la perfecta distribución de sus innumerables imágenes, y citas a pié de página hacen del libro un objeto de deseo de los portadores de esa curiosidad intelectual antes citada. Que a los, imagino, diversos correctores se le haya pasado en la página 42, línea 25, una errata al citar un serrano con minúscula, precisamente en el nombre de alguien tan trascendental en el comienzo de la carrera del personaje objeto del libro no resta un ápice a las innumerables virtudes de la obra, y solo serviría para mostrar la picajosidad (sic) del autor de estas torpes líneas si no fuera, como es, un guiño hacia el sentido del humor de un buen amigo.

En definitiva, un muy plausible acontecimiento cultural para un libro de inexcusable lectura. Mi más sincera enhorabuena a su autor.